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13:15 | 08 SEP 2017
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“Alemania es libertad, igualdad y humanidad”

Lizzie Doron*

"¿Volverá a ganar Merkel?”, me pregunta mi amigo, un librero de Tel Aviv, mientras tomamos un café en su negocio. "¿Qué piensas?”, me pregunta, sin entrar en detalles. "¿Y qué piensas sobre los refugiados"? Eso me hace sobrecogerme. Los refugiados son un tema que me toca el alma. "Y si fueras alemana ¿a quién votarías?”, insiste. "Pero no soy alemana”, le digo.

La Alemania de mi infancia

Alemania y yo tenemos una larga y compleja relación. Como hija de sobrevivientes del Holocausto nacida en Israel en los años 50, Alemania siempre estuvo presente en mi vida. La gente que conocía decía que había salido del infierno. Y ese infierno era Alemania.
En casa, todo producto con el sello "Made in Germany” era tirado consecuentemente a la basura para que se lo tragara la tierra. En las casas de mis amigos pasaba lo mismo. El alemán era un idioma prohibido, y viajar a Alemania era el mayor de los tabúes. A pesar de eso, mi infancia estuvo acompañada por las frases que susurraba mi madre sobre el secreto de los secretos: "Alemania también pasó por épocas mejores”, "Alemania es la cuna de la cultura”, "No todos los alemanes son malos”, "Alemania es el lugar donde siempre quise vivir”. De ese modo, lograba crisparme y confundirme. "Pero yo ya tengo un país”, le contestaba yo enfadada. "Dos es mejor que uno, y tú necesitas dos países”, era siempre su respuesta.

Se quiebra el tabú: el viaje a Alemania

Mi madre ya murió, y muchas de las personas con las que crecí también murieron. De mis recuerdos y vivencias infantiles, de mi historia de vida, surgió una serie de libros. Luego de que se publicara mi primer libro, fue un editor alemán quien decidió traducirlo a ese idioma, con lo cual quebré el tabú y viajé a Alemania.
Llegué llena de temores y preocupaciones. Paso a paso, muy cuidadosamente, establecí amistad con muchos alemanes de la segunda y tercera generación que estaban divididos internamente por el trauma, la culpa y la autocrítica que había causado el nazismo. Con cada nuevo libro que publicaba caían un poco más los muros del miedo. Un proceso de transformación largo, difícil y tortuoso comenzó su camino. En algún momento estuve preparada para escuchar las historias de otras personas.
Más tarde conocí a los palestinos en Alemania. Las relaciones que nacieron y los puntos de vista que obtuve gracias a ellos me brindaron el material de mi dos libros más recientes. Para mi sorpresa, ningún editor israelí estuvo dispuesto a publicarlos. En definitiva, se publicaron en Alemania. Desde entonces vivo en ambos mundos: en Israel y en Alemania. Aprendí a manejar los problemas que surgen al hablar un idioma que no domino, y eso, en el corto tiempo que me permite mi permiso de estadía.
Al observar ahora las intrincadas e incipientes relaciones entre los alemanes y los extranjeros, los cambios económicos y las tensiones sociales que provocan, me invade el desasosiego. Y en los días en que protestan los neonazis en las calles alemanas, descubro un miedo profundo en mí. "No creo que podría vivir aquí”, me digo a mí misma.

Elecciones 2017 en Alemania

"Solo espero que la extrema derecha no llegue al poder”, me dijo sorpresivamente mi amigo librero, mientras conversábamos sobre el verano lluvioso de 2017, un verano que no parecía haber llegado todavía a Berlín.
"¿Y qué pasa con la extrema izquierda? Los de extrema izquierda también provocan caos”, dijo, inseguro. De algún modo logramos volver al tema de las elecciones, que pendía todo el tiempo sobre nosotros. Como si quisiera tranquilizarme, agregó: "Por el momento, son solo grupos marginales en Alemania”. Luego se hizo silencio entre los dos.

Mi Alemania, hoy

Mi círculo de amigos en Alemania creció en los últimos tiempos. Me considero una persona feliz por contar con nuevos amigos, entre ellos, un artista sirio, un escritor iraquí, un dramaturgo tunecino, un arquitecto iraní y un cocinero griego. Cada día que paso en Alemania, me encuentro con gente y escucho sus historias. Historias que solo puedo encontrar aquí. Pienso en que mi hijo, un artista que emigró a Alemania, también encontró aquí su lugar en el mundo. Y mi hija, que vive con su compañera en Israel, me dijo que quiere casarse en este país porque aquí el matrimonio homosexual está permitido. "Entonces ¿cuatro veces seguidas Merkel?”, me pregunta mi amigo de Tel Aviv. "Ese es el privilegio de los huéspedes, así que a no quejarse”, le respondo. "¿Sabes?”, le digo, "Hoy basta con pensar en Estados Unidos, incluso en Gran Bretaña, Hungría, Polonia e Israel. O en Turquía, Rusia, Corea del Norte, Siria, y la lista sigue”, le enumero casi sin respirar.
"En este momento, en Alemania soplan vientos de tolerancia, lo que lo convierte en un país deseado por muchos”. Mi amigo sonríe. "Parecería que se hizo realidad tu deseo: finalmente conocemos, tanto tú como yo, solo gente que vive en la misma burbuja que nosotros. La era de la ideología se derrumba a nuestro alrededor. Ya tuvimos suficiente con el capitalismo, el comunismo, el nacionalismo, el racismo y la religión. Las personas vienen de muchos países y de diferentes situaciones a buscar protección en Alemania. Quieren vivir en igualdad y libertad, con protección y humanidad. Ese lugar tan deseado puede ser el preludio para que caigan los muros”.
En su rostro veo sorpresa y escepticismo. "Pero tú ya derrumbaste un muro aquí”, le recuerdo. "Ese fue, probablemente, el comienzo del proceso por el que estamos transitando ahora”.
Empezaron a entrar clientes a la librería y tuvimos que interrumpir nuestro diálogo. Lo que le había dicho me sorprendió a mí misma. "¿A quién votarías?”, insistió él una vez más. "En primer lugar, a Alemania”, le respondí. Al salir de allí, de pronto escuché la voz de mi madre: "Necesitas dos países”. En ese instante comprendí que fue mi madre quien me confrontó por primera vez con un discurso distinto sobre Alemania. La primera que derrumbó muros. "Sí”, le respondí. Tuve la sensación de que hice feliz a mi madre en ese momento. Sospecho que ella sonrió.


(*) Lizzie Doron es una escritora israelí que nació en 1953 en Tel Aviv y cuyos padres sobrevivieron al Holocausto, y su relación con Alemania siempre fue compleja. Pero lo que alguna vez fue el infierno, hoy es un lugar en el que muchos desean vivir. Publicó siete libros y ganó diversos premios internacionales por su obra. Los dos libros que fueron publicados en Alemania son: "Who The Fuck is Kafka” (Editorial DTV, 2014), y "Sweet Occupation”, también de DTV, publicado en 2017.

 

 

 

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